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“DÉJAME IR, MADRE”, Helga Schneider

Viena, martes 6 de octubre de 1998. En el hotel.
Hoy te vuelvo a ver, madre, después de veintisiete años, y me pregunto si durante todo este tiempo has sido consciente de cuánto daño has hecho a tus hijos. Esta noche no he pegado ojo. Ya es casi de día; he subido la persiana. Una luz mortecina se abre paso sobre los tejados de Viena.
Hoy te vuelvo a ver, madre, pero ¿con qué sentimientos? ¿Qué puede sentir una hija por una madre que renunció a su papel de madre para integrarse en la perversa organización de Heinrich Himmler? ¿Respeto? Sólo por tu edad venerable. ¿Y aparte de eso?
[…]
Cae una lluvia lenta y triste; el asfalto, delante del hotel, brilla trémulo a la luz de la farola todavía encendida.
Poco a poco, mientras el amanecer incierto se va transformando en una mañana húmeda, empiezo a notar una gran debilidad; en cambio, tengo la mente muy despejada, aunque la atraviesan destellos de tortuosos pensamientos. Necesitaría un café, un buen café fuerte, a la italiana.
Hoy vuelvo a verte, madre, y esa perspectiva me abre un abismo en la boca del estómago. Han pasado veintisiete años desde nuestro último encuentro. ¿Podremos salvar algo, madre? ¿No es demasiado tarde para todo, incluso para tratar de comprender, de perdonar, de iniciar una relación exigua y atrozmente tardía entre madre e hija?
—Abre las manos —me dijiste.
Nunca lo olvidaré. Me habías arrastrado del brazo, como para contarme un secreto, al dormitorio de tu pequeño apartamento en el barrio de Mariahilf, y abriste un cajón: un gesto antiguo, preludio de un regalo, ¿no es verdad, madre?
—Abre las manos.
Y me las llenaste de anillos, pulseras, gemelos, colgantes, alfileres, un reloj y un nudo de collares y gargantillas. Durante un segundo me quedé contemplando todo ese oro sin comprender. Y cuando comprendí, fue como si me quemase las manos. Abrí las palmas y las joyas tintinearon en el suelo. Me miraste desconcertada.
—Quería hacerte un regalo —dijiste con un candor feroz—. Podrían servirte en caso de necesidad, en la vida nunca se sabe.
—No lo quiero —contesté.
Entonces empezaste a recoger las joyas una a una, con pesarosa meticulosidad. Cuando levantaste con delicadeza una cadenita, el corazón me dio un vuelco.
Era una de esas cadenitas que se regalan a las niñas en su cuarto o quinto cumpleaños, una cosita de apariencia ligera pero de muy buena factura. En ese momento, mientras recuperabas tu oro, una imagen se superpuso a la tuya con absoluta nitidez: empujabas hacia la cámara de gas a la niña de la gargantilla. Todo se decidió en ese instante. De una cosa estuve segura: yo, a esa madre, no la quería.
Esa madre que nunca me había buscado y que ahora ignoraba a mi hijo, solo en la sala de estar con un álbum para colorear.
Todavía recuerdo tu despechada desilusión. ¿Cómo me permitía yo, tu hija, rechazar tal regalo? ¿Pero de verdad, madre, creías que podías resarcirme de tu larga ausencia con un puñado de oro?
—¿Seguro que no las quieres? —dijiste por última vez.

¡Qué obtusa e irritante insistencia! Repetí mi negativa con dureza. Ni siquiera intenté explicarte las razones: habría sido inútil.

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