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Crónica alejandrina por Daniel Mecca

Los sonidos de la noche de Alejandría




Mirá, podés escribir la crónica como quieras, pero como quieras, eh, si querés que sea surrealista o expresionista, hacelo, vos tranquilo, mandate…ah.. ¿querés vino?, sugirió Yair, uno de los cuatro integrantes del Grupo Alejandría, minutos antes de que empezara la lectura que tuvo lugar el pasado martes 5 de julio en la fría noche de San Telmo. Caramba, diría Borges, demasiada libertad junta: ¡por fin la libertad periodística!, la estética anarquista de escribir sin grilletes, la respiración de escribir respirando, al fin, en este oficio tan dinamitado por la libertad de empresa. Trataré entonces, en esta nota, en estos caracteres como palpitaciones libres, hacer valer esa libertad.
Esa libertad, decía, de la que hablaba a su modo el extraordinario pensador y compositor John Cage, quien alguna vez dijo que el problema del sonido era la música. Chapó; Cage -a quien hay que interpretarlo también desde una mirada política y filosófica- hablaba precisamente de romper contra el sistema que estructuraba y ordenaba los sonidos y constituía, a su vez, una autoridad estética, ya que todo es (somos) sonido; su composición 4.33 -basada en 4 minutos 33 segundos de silencio divididos en tres movimientos- planteaba el protagonismo del espectador, el protagonismo de su sonido, de su vida. Ese protagonismo que tiene silenciosamente aquí, en “Fedro libros”, ese hombre que está sentado contra una de las columnas, que escucha a la primera lectora de la noche, la poeta Cecilia Maugeri, que la escucha con la mirada hacia abajo, los ojos cerrados, caídos, existencialistas, caídos, como suelto en una marea delicadamente kafquiana.




Me suspendo y se escuchan mis latidos


Me quiero adentrar por los adentros
¿cuándo va a haber un si no?




La poeta lee sus líneas como un largo latido– los versos transcriptos más arriba no fueron debidamente chequeados-, esta poeta que recita algo así y bello como que “el ojo que corre sin miedo es vida, es encanto que hechiza la oscuridad”, que dice también que “la pregunta es una misma repetida”, y mientras tanto el hombre apoyado contra la columna sigue con su delicada mirada Kafka, hacia abajo; que el resto de los oyentes –que también son protagonistas- tienen las manos apoyadas en el rostro, o el dedo cruzado sobre la nariz, o el puño sosteniendo los pómulos: típicas expresiones de noches de lectura de poesía. Por momentos, la voz de la poeta hace simbiosis con el sonido de los colectivos que avanzan por la calle Carlos Calvo. El frío impiadoso entra por las bordes de las ventanas.


Un gato negro ofrece una intertextualidad ambiciosa al subir y bajar la escalera del lugar, cuyos pasos como susurros del lenguaje coinciden con la hora en que le toca el turno de leer al escritor Nicolás Hochman, uno de los nuestros, de Alejandría, tal como lo presenta uno de sus compañeros. “Un tipo gris: un mediocre más como ustedes y como yo…”, arranca a leer Nicolás de los escritos de una novela todavía inédita y sin título, ante las más de 30 personas que dijeron presente en el encuentro de julio del Grupo Alejandría, grupo que nació hace siete años y cuyos encuentros se realizan los primeros martes de cada mes. Desde una de las mesas del fondo consumen cada palabra de Hochman, con esas sonrisas silenciosas que se ven en las estatuas del Buda. Alguien desliza un “me quedé muy enganchada con la novela, eh”. Cerca de las mesas del fondo, el dibujante oficial de Alejandría, Hernán Zaccaría, está detenido sobre el papel, perdido allí, con la mirada abstracta (con algo en ella de Paul Klee o Kandinsky), trazando las líneas del rostro sereno de Simone de Beauvoir que terminará a las 21:12, y el lápiz que se desliza por el papel con la precisión de una pintura renacentista, y con la sensibilidad de un poeta lírico inglés.


En el tercer turno, y luego de un receso, el escritor Olivero Coelho, sentado los sillones rojos dispuestos para los invitados, lee fragmentos de su novela “Un hombre llamado lobo”, escrita con un lenguaje que mantiene importantes rasgos de estética poética –si se permite la redundancia- y un contenido de perseguidor de brújulas, en términos cortazarianos. Allí, de su voz, entre el silencio sutilmente jaqueado por el sonido del ruido del lápiz del dibujante, se escuchan frases como “el modo de sufrir es un metabolismo elaborado”, o bien esas líneas que dicen al pasar algo sobre “la misma manera laxa de mirar el horizonte”. El horizonte, sí, eso que no se puede ver desde la ventana del segundo piso de “Fedro Libros”, pero sí la calle y los edificios antiguos, sí la gente que pasa por ahí y que va hacia ningún lugar, como todos finalmente. Esa gente que está afuera, al igual que los que estamos adentro, también está haciendo literatura, también es parte de esa política musical de Cage, de ser libertad. Esa gente también es protagonista sin saberlo de este encuentro de Alejandría.


“Va a leer muy joycenianamente”, dice alguien con lenguaje capussotista cuando el último invitado, el poeta y compilador Jorge Fondebrider, saca una lupa para empezar a leer su poesía. Son más de las nueve de la noche. El gato negro de la intertextualidad sigue dando vueltas por aquí. Fondebrider empieza a leer sus versos y las risas se escuchan in crescendo, porque el poeta ironiza en sus textos sobre política y sobre facebook –como esos versos sobre aquel que tenía 528 amigos-; desliza en un poema que no lo conmueve Pizarnik (risas generales); filosofa con la filosofía que solo da la calle: “a cierta edad odiamos que las formas se transforman en basura”, y poetiza, con rasgos goyenchistas –en realidad horacioferreristas-, que “la luna es más que el sol rodando roja al fin de la avenida”. Y deja, en algún momento de su lectura, una pregunta que atraviesa lo incierto de estar vivo:




¿Qué cosa es esa sombra del árbol del yo?




Final del juego. O, mejor dicho, el principio del juego, porque al finalizar la última lectura, se empiezan a sortear entre los espectadores los libros de los escritores que leyeron. La consigna es interesante, inquietante: cada persona presente debe poner en un papel –que luego se sorteará- el nombre de un escritor que le gustaría que sea invitado para leer en ese espacio. Beatriz Sarlo, Gabriel Rolón, Alejandra Pizarnik –¡vamos a necesitar un médium!, gritó alguien- fueron algunos de los escritores que salieron seleccionados. Cerca de las nueve y media de la noche, los organizadores dieron por cerrado el telón de esta muy agradable noche literaria. Antes, una persona casi se va al demonio –más explícitamente al primer piso- al caerse con su silla. Con el pitido final, llegó el murmullo de charla de escritor, y los aplausos, y los abrazos y los hasta luego, viejo, que nos vemos pronto. Tras la puerta que da a la calle, en el primer piso, se fue perdiendo de a poco la gente, entre el pucho y el frío. Al gato negro no lo vi más.

Me gusta decir que el mundo es la manera en que nosotros vemos el mundo, y, en ese marco, también lo son los acontecimientos que suceden cada día y cada noche, como este encuentro de Alejandría, ya que, como dijo alguien, no hay hechos sino interpretaciones. Y esa interpretación también es libertad, la libertad de decir que soy libre para decir que, precisamente, soy libre. La libertad que simbolizó el Mirá, podés escribir la crónica como quieras. La libertad de ser el sonido y no la música, y de que no haya más protagonistas ni espectadores. De que todos seamos, al fin, parte de la misma literatura.

Comentarios

Cartas en la noche ha dicho que…
Me he quedado estupefacto. No me imaginaba una propuesta sí. Me quito el penúltimo sombrero que me queda...
Carlos Morales
http://eltorodebarro.blogspot.com/

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