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COSAS QUE PASAN
¿Y ahora?, repitió Ernesto agarrándose la cabeza. No grites, se reprochó.
En el sillón del living de su casa, no supo qué hacer. Si su mujer lo veía en ese estado quién sabía lo que podía pasarle. Ella era una mujer sensible.
Quizá ir al hospital, hacerse una tomografía, que le limpiaran los cortes. Sin embargo, antes o después, iba a tener que contarle a su familia lo que le había ocurrido. Son cosas que pasan, pensaba. Cómo decirles que había tenido que dejar el auto en la autopista, la secuencia impacto-vidrios-fuego. Todo repentino. Confesarles que no se acordaba cómo había llegado hasta la casa. Que algún hijo de vecino bien intencionado lo había recostado en el sillón.
Podría haber sido mucho peor, una desgracia con suerte, iba a decirles. Porque quien lo llevó hasta la casa había sido sumamente respetuoso: ni una flor fuera del florero, amor. Iba a agregar él, con ese tono que usaba para seducirla.
Aunque Ernesto sabía que se iban a asustar, e imaginó también qué iban a decirle, alguno iba a sumar el dedo acusador a la frase: ¿viste, Ernesto, ya no estás para manejar? Porque sus hijos también lo llamaban por su nombre.
Y él iba a tener que decirles que lo del auto vaya y pase, que la plata va y viene, que lo importante era él estaba ahí. Que al final, el de arriba le había dado otra oportunidad que tenían que valorar. Que nos sirva para aprender, iba a decirles.
Entonces, mejor darme un baño y esperarlos con ropa limpia, pensó mientras se desvestía y entraba a la ducha.
Después de dejar correr el agua, Ernesto se desvistió. Pasado un instante, agarró con temor el jabón y se anticipó, con una mueca de dolor, a una sensación que sería inexistente. Ernesto tardó un instante en darse cuenta que no distinguía la temperatura del agua, pero recién comenzó a preocuparse cuando comprendió que ni siquiera la sentía caer sobre su cuerpo.

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