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NEGRITA


Si mi padre hubiera muerto a tiempo, las cosas habrían sido muy distintas para mí.
Hace unas cuadras que manejo sin saber hacia dónde voy. Pensé en volver a mi casa pero antes necesito dar una vuelta. Tengo la certeza de que mi madre estará despierta todavía y no creo poder mirarla a la cara.
Una pareja viene caminando por la vereda. El hombre me mira, abraza a la chica y le dice algo al oído. Ella se ríe y lo empuja cómplice. Yo disminuyo la velocidad para que crucen la calle, y ya están pasando por delante del auto cuando tomo conciencia de que tengo el rifle en el asiento del acompañante. Lo paso hacia atrás y ellos ya están del otro lado de la vereda.
Es cosa de hombres, dijo mi padre cuando me lo regaló, yo no debía tener más de once años. Sentí confusión, tuve una mezcla de orgullo y de miedo al tratar de sostenerlo como él me decía. Mi padre me lo sacó de las manos y apuntó hacia mi madre. Recuerdo su cara, una cara que no llegaba a entender, y él que se reía. Cuando mi padre hacía ese tipo de bromas, yo tenía ganas de ir a abrazarla, de decirle que siempre la iba a proteger, que no tuviera miedo. Pero ahí estaba esa mano sosteniéndome del hombro, parecía adivinar lo que yo quería.
¿Peligroso?, repitió mi padre con ese tono que usaba para imitarla. Ponía la voz aguda y movía las manos, era gracioso pero a ella no le divertía.
Peligroso es que se pase todo el día con vos, mirando lo que hacés, eso es lo peligroso. No ves que es un hombrecito, dijo mi padre dándome unas palmadas. Yo odiaba eso, su mano debía ser más grande que la mitad de mi espalda y a cada golpe tenía que hacer fuerza con las piernas para no irme hacia adelante.
Recuerdo a mi madre meterse en la cocina y su cara de orgullo. La cocina era un refugio para ella, como para mí lo era estar a su lado. Mi padre nunca entraba a la cocina. Las veces que más se acercaba era cuando tenía hambre y abría la puerta de golpe y preguntaba cuánto falta para que esté la comida. Y yo veía a mi madre que se secaba las manos en el delantal si estaba lavando, y mientras revolvía la salsa, con un pie abría el último cajón y yo ya estaba ahí para sacar los individuales. Así era todas las veces, mi madre desplegaba sus mil brazos y yo tras ella.
Esta noche el timbre tuvo un sonido largo y monótono. Parecía que alguien lo había atrapado y ya no pensaba soltarlo. Esperaba a mí madre y por el portero reconocí su voz. Cómo le cuesta despegar el dedo del timbre, pensé.
La esperé mientras subía la escalera. Ella siempre se toma diez minutos para llegar, va mirando las plantas que ella misma me regaló para decorar el pasillo. Entreabrí la puerta del departamento y volví a sentarme al escritorio. Oí sus pasos y su respiración en los últimos escalones; dejé el diario sobre la mesa y giré la silla. No pude evitar pensar que se agitaba demasiado para la edad que tenía. Mi madre todavía es una mujer joven.
Cuando la vi me levanté con esa torpeza que provoca la ira. Tendría que haberme dado cuenta por cómo me habló por teléfono, por su insistencia en que estaba todo bien. Me acerqué y le pasé un brazo por los hombros. Ella apoyó su cabeza en mi pecho. Me di cuenta de que en estos últimos años mi madre se está volviendo cada vez más pequeña o, tal vez, yo estoy creciendo en forma desproporcionada aunque ya haya pasado la adolescencia, cosa que no creo.
Le pregunté qué fue lo que había pasado, ya sabía la respuesta pero también sabía que ella necesitaba decirme algo. Cualquier cosa, una excusa, culpas, errores. Nada que lo justificara, pero ella igual necesitaba defenderlo como si él no pudiera hacerlo sólo. Qué extraño, eso es lo que le decía mi padre sobre mí. Dejalo, no ves que es un hombre y tiene que saber protegerse solo. Pero yo no sabía. En esos momentos en que mi padre se paraba frente a mí y me enseñaba a “defenderme”, yo no podía hacerlo. Mi padre insistía en que un hombre es aquel que no duda en agarrarse a trompadas si lo ofenden y que, además, sabe cómo darlas. Mi padre insistía también en ser él el que me enseñara. Ahora esos momentos me resultan increíbles, no recuerdo que me dolieran los golpes pero sí el llanto de mi madre en la cocina. Era como si ella misma me pedía que me defendiese y yo que no podía.
Acompañé a mi madre hasta la cama, ella se sentó. Temblaba y yo doblé la frazada para taparle las piernas. No temblaba de frío y yo lo sabía, pero son esas cosas que uno hace instintivamente para no quedarse sin hacer nada, para que parezca que uno hace algo. Ella me lo agradeció y yo me sentí todavía más inútil.
Después de eso mi madre se quedó en silencio. Y en silencio yo le limpié la frente. Tenía las manos juntas y agarraba la manta con fuerza. Ella se dejaba curar como un chico al que le limpian el raspón de las rodillas después que se cayó de la bicicleta. Pero mi madre ya había aprendido a andar, y por eso creo que yo la curé con paciencia, pero también con odio. La odiaba por permitirlo, por soportar callada. Me invadía la impotencia. Tantas veces le había propuesto hacer la denuncia, ayudarla a superar eso que yo creía que era miedo. Ahora sé, que esa no era la solución que ella esperaba.
¿Cómo llegué a esto?, dijo después de un rato. La vi cerrar los ojos. No respondí. No era la primera vez que mi madre venía a mi casa de este modo, y yo sentí de repente que sin decirlo me pedía que hiciera algo: que esta vez sea yo el que la defienda.
Y en aquel momento sentí que podía hacerlo. Que por primera vez era capaz de enfrentarlo. Sentía que toda la furia de estos años me estaban dando fuerza. El ojo hinchado de mi madre y el raspón en la frente, me hacían creer en algo en lo que varias veces había pensado pero nunca me había sentido capaz.
Esta noche iba a matar a mi padre. Iría a su casa y lo mataría como él cree que es un hombre. Lo mataría con el mismo rifle con el que él había jugado a matar a mi madre. Pero ahora, yo iba a demostrarle que ya no podía jugar más, que había entendido mal las reglas.
Dejé a mi madre recostada y salí. Antes de irme pude ver en su cara algo de alivio. Creí que por primera vez, ella también me estaba viendo como un hombre. Desenvolví el paño y saqué el 22. Con pasos largos caminé hasta el auto. Me sentía fuerte aunque liviano, nunca pensé que me iba a sentir así en ese momento. Era como si por fin, me estuviera sacando lo que se dice un peso de encima.
Manejé imaginándome como sería. Mi padre lloraría pidiéndome que no lo hiciera. Se arrepentiría de todo lo que le había hecho a mi madre. Sentado en su sillón me pediría perdón a mí y a ella. Lo vería llorar y le mostraría su cara en el espejo, y él tendría que llamarse a sí mismo maricón. En realidad, supe que no iba a ser tan espectacular, pero la sola idea de imaginarlo con miedo me fascinaba.
Llegué a la casa de mis padres en unos pocos minutos, cuando reaccioné ya estaba frente a su puerta. Volví a pensar que era mi padre y tuve miedo de no haber entendido bien lo que ella quería. La verdad, no sé si fue eso de lo que tuve miedo. ¿Qué pasaba si el arma no se disparaba o si mi padre no estaba? ¿Y si erraba? Creo que tuve miedo de no poder hacerlo, si nunca pude defender a nadie ni siquiera a mí mismo, quién me garantizaba que ahora sí pudiera. Aunque dudé, lo que sentía era intolerable.
Busqué la llave en el bolsillo y abrí la puerta. La voz de mi padre me golpeó desde el escritorio. El modo que usó para llamar a mi madre, el tono ambiguo, mezcla de arrepentido y seductor, me llenó de asco. Cómo podía hablarle así después de lo que le había hecho, cómo podía poner ese tono y animarse a llamarla negrita.
Yo no respondí. No pude responder. Por un momento me imaginé la cara de indignación de mi madre, con los cachetes rojos y los labios apretados, pero enseguida esa cara se volvió otra y me paralicé. De repente entendí lo que nunca quise entender. Sin darme cuenta había querido meterme en un juego al que nadie me había invitado.
No terminé de entrar. Me quedé en la puerta sintiendo cómo la furia se volvía impotencia, cómo el odio se generalizaba hacia mi madre y mis piernas ya no tenían fuerza.
En el mismo momento en que oí la voz de mi padre llamando por segunda vez a mi madre, cerré la puerta y salí. Sentía que en esa casa ya no me quedaba nada más por escuchar. Al llegar al auto me imaginé qué pasaría si mi madre llegara otra vez con la cara hinchada a mi casa y no pude menos que sonreír.

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