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EN TU CAMA

El brazo de una mujer cuelga dormido de uno de los costados de la cama. Abrazado a su espalda, el marido acomoda su cuerpo dormido también, para quedar más cerca de ella. Juana lo siente o quizás lo sueña, sueña que un peso se recuesta sobre ella, un peso que le hunde el cuerpo en el colchón y la cabeza en la almohada.
-Correte un poco -dice ella sin abrir los ojos, empujándolo suavemente.
Él no se mueve, no se sabe peso para esa espalda.
-Correte un poco, Jo, me estás aplastando -insiste ella ahora un poco más fuerte- . Jo – repite tratando de moverlo.
-Mmm- contesta él y se gira hacia el otro lado de la cama.
A la mañana, cuando ella deje sin tomar su café y la tostada de pan lactal se enfríe sobre su plato, él se estará duchando tranquilo creyendo que ha dormido toda la noche abrazando a la mujer que lo ama al saberse amada.
-Por Dios… - murmura Juana que no acompañó los movimientos de José con su abrazo, que después de que resurgió sobre el colchón, giró ella también para quedar boca arriba.
– Por Dios…- vuelve a murmurar, incorporándose levemente.
Pasando la mano por detrás de su espalda y en un movimiento que se traiciona por tratar de ser imperceptible, acomoda la almohada y después se acomoda ella. Su cuerpo quedó un poco por encima del de su marido, sus pensamientos quizá un poco más adelante.
Ella se lleva una mano hacia la cara y se hecha el pelo hacia atrás. Se incorpora hasta quedar casi sentada contra el respaldo de la cama.
-¿Cómo voy a hacer…? – se pregunta en voz alta.
Después, mira a José y se da cuenta que ha quedado destapado, y con un gesto más maternal que amatorio acomoda con cuidado la frazada tapando la espalda de su marido.
-Mmm- vuelve a moverse José, que pareciera querer buscar su abrazo, que pareciera haberse despertado.
Ella calla y espera el silencio.
-Ay- suspira, y en una pregunta que no espera respuesta le dice – ¿Cómo voy a hacer, Jo?... ¿Me decís?... Decime cómo vamos a hacer.
Ya casi pareciera no importarle que él pudiera oírla, quizás hasta es eso lo que necesita, que él logre escuchar lo que de sus labios hace meses que tarda en salir.
-Por Dios, ¿cómo se hace?
-¿Qué decís, Juani?- dice él al despertarse, la voz de su mujer le llegó de algún lado – ¿Estás bien?- pregunta girando hacia ella.
-¿Qué? – se sorprende de haber sido oída. – Sí, solo me desperté un poquito.
- ¿Querés un vaso de agua?
- ¿Agua?, no para qué.
- No sé, te ofrezco… ¿Leche? – dice él ya completamente despierto -. ¿Qué hacés así sentada?
- Nada, dormite. Me desvelé. Nada más.
-¿Estás bien, seguro?
- Estoy bien – dice ella sintiendo cómo comienza a molestarse.
- Bueno, te preguntaba, nomás.
-Perdoname, Jo, tuve un sueño raro. Pero todo bien.
-Tranquila – él le acaricia la frente con la mano, mientras ella acomoda la almohada. –Vení, bajá. ¿Qué hacés ahí sentada?
-Nada, Jo, dormite. De verdad.
-Vení, dale – insiste cariñoso.
-Estoy bien así, dormite que estabas durmiendo bárbaro.
-Te espero acá- dice él y sonríe antes de dormirse.
Ella también sonríe, pero tiene que esforzarse para lograrlo, un esfuerzo que los párpados cerrados de él no le dejan ver. Y que sólo a la mañana, cuando salga del baño y vea la taza llena de café y la tostada que él le preparó antes de meterse en la ducha, pero no vea a su mujer, sólo ahí comenzará a entender. Los estantes, la cartera y la foto de la mesa de luz.
Juana flexiona las piernas mientras se lleva la frazada casi hasta el cuello. Mira a José que ya duerme tranquilo y se lleva las manos a la cara.
- ¿Cómo voy a hacer para dejarte? - dice conteniendo las ganas de llorar.

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