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DESTINO DE BELLA, DURMIENTE

El gris cae sobre la cuidad y en la calle se amontonan, bajo los árboles, las hojas color ocre.
Ella y él estrenan un dormir juntos en una cama, con los cuerpos parcialmente desnudos, separados por la novedad de una primera noche. Una noche que podría haber terminado en un te acompaño con beso de despedida en la puerta, y un gusto a querer más en los labios.

Son muchos
los que buscan madres
los no saben qué es ser desamparado
miran con ojos de horizonte
la línea al ras del suelo,
exigen contención
que dicen que les falta
sin saber que buscan
un vientre que los reciba,
no para continuar
su genética de abrazos carenciados
sino para dormir sin pesadillas
señuelos de la memoria.

Son muchos
los que se creen adultos
y se rebelan
infantes en los sueños.

Pero esa noche terminaría en una mañana: con él despierto y ella durmiendo en esa cama, desnuda hasta la cintura y con las piernas casi rozando su pecho. Esa misma ella que apenas quedarse dormida comenzó a perderse por debajo de las frazadas, mientras él se iba corriendo para dejarle lugar. Él que todavía no se había dormido porque en un acto de caballerosidad inevitable había preferido que ella lo hiciera antes, para asegurarse que su invitada iba a estar cómoda.
Él la mira moverse, la intuyó primero, llegar cada vez más lejos: a los pies de la cama, pero la mira, levantó las sábanas y ahí está ella replegada sobre sí, con los omóplatos marcados y la curva de la columna dibujando sobre su espalda.
Ahora ella parece haber llegado al fin del mundo, y desde ahí murmura algo indescifrable para el que quedó del lado de la vigilia. Él mete también su cabeza por debajo de la sábana y ella vuelve a murmurar con tono de queja, algo que a la vez que lo convoca lo excluye por incomprensible. Él se queda quieto como si se de esa manera pudiera intensificar el silencio de una noche muda y trata de entender lo que dice. Ella vuelve a moverse y él atento.
-¿Qué? - dice él, cuando siente que quizá sería mejor despertarla. Él cree que ella no lo escucha pero el tono le marca que no es un juego, ella sueña una pesadilla y él se inquieta. No la conoce tanto, sólo hoy: primer encuentro. Ella parece casi estar llorando y él se acerca hasta tocarla y ella se sobresalta.
-Tranquila- le dice en voz muy baja -, estás en mi casa, está todo bien. Él le habla despacio a la desconocida que ahora sí, llora a su lado.
-No quiero - murmura ella- . No quiero. Pero no es su voz la que habla, o sí, pero una voz que él no reconoce como la de la fiesta, ni la voz de los besos en el sillón, ni la que podría ser la de una noche de resaca: una voz distinta, de susto, del miedo que aterra al que mira el mundo desde sus cincuenta centímetros de altura.
Él tarda en darse cuenta que es una voz de nena la que habla, la que dice no quiero. Él vuelve a acercarse despacio y trata de abrazarla, lo conmueve esa nena que llora en su cama.
- No pasa nada – vuelve a decirle- , estás conmigo, estás acá. En mi casa. Ella se deja abrazar y le habla del delantal y sus zapatillas rosas. Le habla a él ahora, le pregunta si es un compañero nuevo del jardín, y él se sorprende de poder hablar con alguien dormido: una bella durmiente real, piensa y sonríe.
Pero ella vuelve a llorar y se aprieta contra su pecho.
-Escondete –le dice- , no quiero que te vea. Te va a lastimar.
-¿Qué pasa?
-No quiero que te vea –dice y llora tapándose la cara.
De verdad es una nena, piensa él, la mujer que hace dos horas lo llevó del sillón a la cama, que desenfundó sus botas de pantera, es ahora una nena en delantal y zapatillas rosas.
-¿De quién hablás?... ¿De qué hablás?
-Estoy solita –dice ella y él se da cuenta que no es a él a quien le habla ahora–No hay nadie acá. Estoy solita.
Ella vuelve a arrancar con sus lágrimas de angustia, y él acomoda su abrazo.
-Andate –dice aferrándose contra él -. No quiero. –repite y llora. Desconsolada.
Él no aguanta la impotencia de una escena que lo excluye: esta niña-mujer que llora en sus brazos con aquel otro que él no conoce y que le cambió la música de esta primera noche.
Entonces él empieza a llamarla por su nombre, a intentar atraerla al mundo de los ojos abiertos.

La niña grita
es atrapada en tu cabeza,
girás
y ella gime desde adentro.
Sos ella en la sombra
y él le habla,
la intuye niña escondida
de pelo oscuro y trenzas.

Él vuelve a llamarla y la mueve apenas, ella tarda y sin dejar de llorar le responde con su nombre. Se hablan de un lado a otro de los párpados.
- ¿Estás bien? – dice él.
- ¿Se fue? – pregunta, la todavía infante.
-¿Qué pasó? ¿Quién es?
-No quiero saber… ¿Ya se fue? –repite ella y el llanto amenaza de nuevo – Tengo miedo- confiesa –. No quiero saber.
- Tranquila. Estás acá. –dice él, y ella aun dormida.

Voces de auxilio la de trenzas
que no que quiere decir quién
y se tapa la boca.
Sos vos la durmiente
y sos ella en la sombra.
Volvés a girar
y él vuelve a oír su grito
su pedido ahogado.

- Tranquila, estás acá - repite él y ella empieza a calmarse- . Soy yo y está todo bien.

Cuando amanezca:
despertate sin miedo.
No será esta noche
cuando ella
te revele el nombre
del que vuelve pesadillas tus sueños.

Comentarios

Nicolás María Espert ha dicho que…
Y son muchos los que se creen infantes y jamás se rebelan: siempre adultos, hasta despiertos.
Cuándo oscurezca, ¿quién quisiera revelarles el sueño?
Saludos,
né.-

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