Buenos
Aires, Palermo.
A
sus 17 mi madre decidió estudiar japonés.
El
método: cantar en coro canciones folclóricas.
Ella
desentonaba, la profesora insistía en callar a todos para ver de quién era esa
voz. Así decía.
Mi
madre avergonzada un día decidió irse antes de la clase. Sería la última. No
más: Sakura sakura noyama mo sato mo
miwatasu kagir kasumi ka kumo ka.
En
la puerta había un muchacho. Esperaba a un compañero. Era dos años mayor que
ella y sería mi padre.
De
ellos, juntos, además de esta historia guardo solo un recuerdo de cuando tenía
tres años: estábamos en un cuarto del departamento donde vivíamos, mi padre
sentado en un sillón, yo apoyaba la espalda sobre las piernas de mi madre y
ella de pie, me acariciaba el pelo.
Me
decían que él no se separaba de mí, sino de ella.
Comentarios