Viena, martes 6 de octubre de 1998. En el hotel. Hoy te vuelvo a ver, madre, después de veintisiete años, y me pregunto si durante todo este tiempo has sido consciente de cuánto daño has hecho a tus hijos. Esta noche no he pegado ojo. Ya es casi de día; he subido la persiana. Una luz mortecina se abre paso sobre los tejados de Viena. Hoy te vuelvo a ver, madre, pero ¿con qué sentimientos? ¿Qué puede sentir una hija por una madre que renunció a su papel de madre para integrarse en la perversa organización de Heinrich Himmler? ¿Respeto? Sólo por tu edad venerable. ¿Y aparte de eso? […] Cae una lluvia lenta y triste; el asfalto, delante del hotel, brilla trémulo a la luz de la farola todavía encendida. Poco a poco, mientras el amanecer incierto se va transformando en una mañana húmeda, empiezo a notar una gran debilidad; en cambio, tengo la mente muy despejada, aunque la atraviesan destellos de tortuosos pensamientos. Necesitaría un café, un buen café fuerte, a la italiana. ...