Compré todo
lo necesario para amarte. Una pelota hinchable y siete alcayatas. “Hoy no es mi
cumpleaños”, me dijiste. “Da igual. Ábrelo”, insistí. Rompiste el papel de mala
gana y apareció la pelota desinflada. En otro paquete diminuto estaban las alcayatas.
Hasta aquella mañana, yo ni siquiera sabía que se llamaban alcayatas. Por eso
me gusta entrar en la ferretería. Echar un ojo por ahí y, cuando me decido,
pedirle al encargado que me ponga siete de eso. “¿Siete alcayatas?”. “Exacto. Siete
alcayatas”, pronuncio por primera vez y una bandada de gorriones remonta el
vuelo desde mi estómago.
De Casi tan
salvajes de Isabel González.
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