“Ella le
había dicho que lo conocía, a su padre, que sabía de lo distraído que él era y
que recordara que Norberto era un niño. Recordara,
como si la más obvia realidad – Norberto era un niño- hubiera que rebuscarla en
algún rincón de la memoria. El mimado tenía doce años y las palabras de su
madre daban la impresión de que hablaban de un niño que, por la sola razón de
serlo, habría de desplegar una batería de armas para complicar horriblemente la
tarde de su padre. Sin embargo, su madre creía que ella sí sabría controlarlo. Para
esa mujer, resignar la tutela, aunque sea momentáneamente y a manos de su
padre, significaba asumir un riesgo doloroso que casi no se podía explicar con
ningún argumento, ni aun con el más natural de todos: padre e hijo tenían
derecho a salir solos un rato.”
De
Tendríamos que haber venido solos de Guillermo Roz.
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