Parece terrible quedarse soltero.
Y cuando se llega a viejo, suplicar una invitación, intentando mantener la
dignidad, cada vez que se quiere pasar una velada en compañía de otros. Estar enfermo
y desde el rincón de la cama contemplar durante semanas un cuarto vacío. Despedirse
siempre a la puerta de la calle, no subir nunca las escaleras junto a una
esposa. Tener en la habitación sólo puertas laterales que conducen a viviendas
de extraños. Traese la cena a casa en una mano. Tener que maravillarse de los
niños de los demás y no tener que repetir siempre “Yo no tengo hijos”. Conformar
su aspecto y comportamiento según el modelo de uno o dos solterones que uno
recuerda de cuando era joven,
Así será, pero en realidad,
hoy y mañana, siempre será uno mismo quien esté presente, con un cuerpo y una
cabeza reales; y también, con una frente, para podérsela golpear con la mano.

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