Mi padre había abandonado a
mamá a los pocos meses de que yo naciera. Así empezaba mi historia. Llegó a
ponerme su nombre y darme su apellido. Y un día, me contaron, que sin decir
porqué hizo una valija y no volvieron a verlo más.
Ella no le guardó rencor. Tampoco
nunca la escuché con odio, ni siquiera enojada. Le quedaba todavía, aún pocos meses
antes de morir, una resaca melancólica cada vez que hablaba de él.
En casa nunca hubo ningún
recuerdo. Ni una foto, ni una carta, ni una marca oscura en la pared donde
podría haber habido un portarretratos. Nada que hablara de mi padre. Sólo mi
nombre sostenía el lazo sanguíneo. Si no era por mí, ella no lo nombraba. Ni
ella, ni tía.
Podría decir que sólo hubo durante
la infancia, en los primeros años de colegio, noches en las que yo preguntaba
por mi padre. Necesitaba historia, quién era, cómo se habían conocido. En el
colegio nos hacían escribir anécdotas familiares y contar qué hacíamos los fines
de semana con papá y mamá y yo, más de una vez, había tenido que mentir o
quedarme en silencio.
También, necesitaba saber porqué
se había ido, porqué nos había abandonado, ¿qué había hecho yo? Se fue por mí,
decía mamá como si eso fuera a agotar mi curiosidad.
Y de alguna manera lo hacía, aunque
en el relato que escuché durante años parecía no faltar nada, creo que siempre
adiviné una elipsis. Una escena que mi madre prefirió callar y dar por
supuesto. Hay cosas que no tienen palabras, era su frase.
Pero yo preguntaba. Y en esos momentos,
esas noches, recuerdo que tía nos dejaba solos en el cuarto y si siempre al
acostarme recibía el beso doble de parte de ellas, esa noche sólo mamá se
quedaba conmigo hasta que me durmiera. Tía se iba a recostar temprano o se
quedaba leyendo en el sillón del cuarto, tía que, al igual que yo con mi padre,
no tenía con mamá -ni con él-, lazo sanguíneo visible. Era tía, simplemente.
Después, llegaron años donde
no necesité otras respuestas. Mi padre se había ido, nos había dejado un día
cualquiera y eso era todo lo que necesitaba saber. Dejó de importarme el
porqué. Y creo que para ellas fue, quizá sin darse cuenta cuánto, un alivio.
Aunque nunca hubo hacia mí, ni un reproche, ni un cállate, el tema de mi padre
era una combinación sagrada y tabú.
Durante bastante tiempo creí
que mamá se cuidaba de hablar delante de tía, porque había sido ella quien la
cuidó cuando mi padre se fue. Como si delante de tía, mamá hubiera tenido que
esconder el cariño que aun sentía por mí padre.
Cuando mi padre nos abandonó,
tía se hizo cargo de mamá y de mí. Y al
irse él, ella se mudó a nuestra casa. Al principio, me contaron que tía durmió
en mi cuarto. Pero yo las recuerdo, acostadas cada una en un lado de la cama grande.
Yo había crecido y necesitaba intimidad, según mi madre.
Familiarmente, culparon a mamá
del abandono. Más de una vez había visto cómo en una cena, mis abuelos
terminaban diciéndole a mamá insultos de sobremesa. En esos instantes, mamá
miraba a tía y ella me daba la mano y me llevaba al cuarto. Leíamos un libro y
si a la mañana siguiente tenía que ir al colegio, preparábamos la mochila y el
uniforme. Recuerdo cómo era ella siempre la que me acomodaba el pantalón, la
camisa, el bléiser y las medias, sobre
la silla.
Cosas de grandes, me decía si
yo le preguntaba sobre la discusión que seguía en la mesa.
En mi familia, mamá y tía
tenían la costumbre de usar muletillas en forma de respuesta.
Hoy, mi madre lleva muerta algo
más de una semana. Tía todavía no lo sabe. Hace unos años se fue a vivir a
Santa Fé. Ellas ya eran grandes, yo ya tenía mi mujer y mi hijo, y una mañana
de sábado, tía armó una valija y también la dejó. Aquel fin de semana, fue la
primera vez que vi llorar a mamá. Ella la quería y tía se había ido.
Qué salió mal entre ellas no
lo sé. Tampoco, en qué momento tía pasó a ser la mujer de mamá.
Ahora viajo a buscarla. Tía me
espera. Todo este tiempo nos seguimos hablando por teléfono y, dos veces al
año, viajo a visitarla. Ella sabe que voy, pero esta vez desconoce el motivo.
No pude contárselo por teléfono. Necesito verla. Completar escenas perdidas.
Creo que voy a decirle que mamá murió esperando escuchar que cuando mi padre se
fue, ellas ya estaban juntas.
*Cuento breve, punto de partida de la obra de teatro que escribí después:
Tanto que querías.

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