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Crónica alejandrina de agosto

Por Facundo Gari



Por lo general, llego tarde a todos lados. Los periodistas llegan tarde a todos lados. Si sos periodista y llegás temprano, te equivocaste de carrera, le erraron al examen vocacional: vos debías estudiar administración de empresas.


Pero ese martes de agosto al caer el sol llegué temprano a Fedro, la alta librería de San Telmo, casi una hora antes de las lecturas del Grupo Alejandría. “Alta” porque está en una subida. Y “temprano” porque andaba medio maltrecho por cuestiones personales y, cuando uno anda medio maltrecho por cuestiones personales, qué mejor escenario que las calles de San Telmo al caer el sol, qué contexto más lastimosamente melancólico que el de esos caminitos por los que se cruzan viejas emponchadas, alemanes desorientados pero altivos como sus filósofos y tipos y minas que se la dan de hippies y sin embargo votan globos de colores. Posta, es híper melancólico.


Cuando ando medio maltrecho por cuestiones personales, todo me dice “uff, andás medio maltrecho por cuestiones personales”; es un garrón, todo me habla de eso que me hace un incendio espiritual de dimensiones catastróficas. Ari Paluch, fuck your combustible. Ponele, entro a Fedro y leo un título, uno cualquiera, el primero que veo cuando paso y suena la campanita y se queda la puerta de cristal un poco abierta y trato sin éxito de cerrarla y se lo atribuyo a mi miserable estado, a mi incapacidad para cerrar puertas. Entro y veo que hay un ejemplar de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks, y me pienso confundido como ese pobre hombre, y encima no me alcanza lo que llevo en la billetera (siquiera en la tarjeta de débito de mi CGU) para comprarlo, y me desanimo más. Así de susceptible estoy. Así de cursi soy. Veo muchos libros, muchos, de tapas brillantes y tantos lomos en vertical que ahí cualquiera se podría entrenar, con la intensidad de Rocky en un freezer, en eso de leer sin torcer el cogote para que los ojos asciendan hacia la consumación de un título.


Veo muchos libros y cada uno me habla de vos. Sí, de vos. No porque asocie libros intrínsecamente con tu nombre: hasta Los Wachiturros en el Roca me hablan de vos. Y viene el vino tinto y hay un gato negro dando vueltas entre libracos. Todo presagio, y sin embargo no imagino que la caída será tan real.



¿Por qué se llamará Grupo Alejandría este colectivo de escritores y escritoras que se reúne para leer en voz alta lo que escribieron seguramente en silencio? No lo sé. Me pidieron una crónica, no un artículo sobre su historia, y ahora escribo desde la cama, engripado, y no puedo siquiera pensar en resolver mi inquietud con un llamado. Debería haberlo pensando cuando subía la escalera al entrepiso de Fedro, donde se ubican unas mesitas de madera y los sillones rojos desde los que Fernanda García Lao, Mori Ponsowy, Edgardo Scott, Sandra De Falco y Mariela Chenadenik leerían algunos de sus cuentos y segmentos de novelas. La jarana en ese reducto de paredes amarillo Simpson aún no había arrancado, podría haberlo preguntado. Ya saben, mi cabeza andaba en otra parte.


No faltará alguno que rezongue: “Qué mal, un periodista...”. Primero, sobreponiendo el título a la psicología. Segundo, suponiendo que la honestidad es imparcial. Tercero, dando por sentado que los periodistas somos honestos. Cuarto, que hacemos lo que queremos. Quinto... no sé. Se me da por contar una anécdota breve.


Si bien mi experiencia no hace de mi currículum un pergamino, he pasado por no pocas redacciones. El siguiente diálogo sucedió más o menos así en una de ellas, entre un superior y yo, que me desempeñaba como redactor.


—Tenés que escribir más simple.


—¿Más simple es menos ideas o menos palabras “difíciles”? Pregunto porque ya es la segunda vez que me lo dice y creo haber acatado esa orden. Lea mi nota de hoy y verá que no usé la palabra “vernáculo”.


—La idea es que escribamos para la gente que va en el tren, en el colectivo, en el subte...


—Hay gente que lee teoría sobre mecánica cuántica en el tren. Además, disculpe mis limitaciones, pero no entiendo el concepto. Jamás me crucé con una librería que separase sus ejemplares con indicadores tales como “para leer en el baño”, “para leer en la cocina”, “para leer en un banco de plaza” y demás. Aunque no estaría mal. ¿O lo que quiere es una redacción girondina?


En fin. Si menciono que se trata de un colectivo de escritores y escritoras que escriben en silencio es ante todo por dos razones: porque Alejandría, la mítica ciudad, fue fundada por Alejandro Magno, y en mi sistema de relaciones el rey de Macedonia es un grito aguerrido antes que una tertulia apacible; y porque escribir es un acto tan solitario como leer en el tren, ya que estamos, y se vuelve otra cosa cuando se lee en voz alta frente a un auditorio. En ese sentido, me permito una crítica que, aunque negativa, tiene miramentos constructivos: sin un poco de dramatización, de pausas agudas y silencios graves, como bien aconseja Tom Lupo en sus cátedras sobre radiofonía, la voz del que lee se pierde. Lo comprobé ese martes: parte del auditorio no podía sostener la concentración ante una narración monocorde. Incluso para mí en algunos pasajes fue difícil entender. Resultará una obviedad, pero no es lo mismo escuchar: “Hola. ¿Todo bien? Yo bien”; que leer:


—Hola.


—¿Todo bien? Yo bien.


Nadie espera que un escritor dispuesto a la oralidad haga las voces de caperucita y el lobo como un doblador mexicano, pero sí lo suficientemente bien como para sostener el relato, la tensión y la atención. Tal vez la comparación se vaya al pasto, pero ese hacer oral tiene cierto talante sexual.


¿Mi atención? Ahí, puesta en las palabras de Scott cuando interrumpe el murmullo, da la bienvenida a la treintena de oyentes y la anoticia de la extensión del plazo para presentar obras al Premio Alejandría de Cuento Breve 2011: hay tiempo hasta el 31 de agosto, escribientes del mundo. Ahí, pero, como dije, a la vez al filo de un resplandor.



Estoy sentado en una de las sillas de madera, creo que de pino barnizado, en una mesa con una pata más corta que las otras tres. Por eso tambalea cuando apoyan la botella de vino y los vasos de plástico. Agarro la botella y un vaso, me sirvo vino. Sin darme cuenta primero, el líquido se expande sobre la mesa como una mancha de sangre que surge debajo de una puerta en una película de terror. Un poco cae en mis jeans y recién entonces me avivo. Soy el único desafortunado con el pantalón mojado. Bah, al menos a causa del vino.


Detrás de mí, Hernán Zaccaría dibuja con maestría una caricatura de Dostoievski para el sorteo final, que también regalará libros.


Mientras me restriego el jean, vuelve a pasar el gato negro. ¿Será el mismo?



De Falco y Ghenadenik pasan al sillón primeras. De Falco hace los agradecimientos pertinentes y anuncia que leerá “Autorretrato de una paloma”. Habla de lo difícil, de lo gris, de la rutina, del escape, de un verano de Coyoacán que “no da tregua” a la protagonista. No sé si estoy para esto. Ay de mí. “Ve la misma cara que ha pintado una y otra vez porque lo único que vale la pena, piensa, es la pregunta sobre su propia existencia”, y ay ay de mí. La pintora lucha contra su autorretrato por la supervivencia. Yo, una memez, por beber este vino sin derramarlo, tapando su rajadura. Algo de eso vamos haciendo por la vida: vamos tapando sus rajaduras.


El cuento de Ghenadenik guarda, desde el título, cierta continuidad con el primero. Se llama “Paisajes”, un recorrido melancólico por las ciudades y las vidas que visitamos. El protagonista es hombre, y yo pienso (y lo anoto en un cuadernito durante la lectura) que es llamativo que un hombre protagonice el cuento de una mujer. No digo que sea el caso fijo de Ghenadenik; sólo me hizo recordar que hay menos heroínas que héroes en la literatura, aunque no sea así en la vida. En mi vida.


Todos aplauden. Scott anuncia un intervalo. Regresa el murmullo: voces, toces, “Perón”, más toces, ric-ric. Y el gato negro se lame sobre Feinmann, José Pablo.



Frente a la lectura oral, hay un solo tipo de oyente, pero varios de vidente. Hay quienes cierran los ojos para que los movimientos de la ficción y de la realidad no se anulen. Están quienes miran fijamente a los que leen, como si buscasen adivinar en una mueca efímera el germen de la tinta en la hoja. También, quienes miran hacia cualquier parte, que parecen distraídos. Finalmente, quienes ojean al piso.


Dostoievski aún no mira. Su dibujo me recordará a uno que había en mi antigua casa, un retrato de “El Jardinero”, un anciano que, sin justificación alguna, yo confundía de pequeño con mi bisabuelo materno. Varias personas me contaron anécdotas similares, en los que un contorno se carga de sentido “ilegítimo”, no menos verdadero que el de ley. El cuento que cuenta Scott se llama “Rotary” y, precisamente, arranca con esa intriga. Lee: “Los símbolos siempre me atrajeron. Ya de chico recuerdo tener ese interés. Me llamaban la atención especialmente los diseños gráficos, sin importar que de algunos sólo mucho tiempo después consiguiera aprender el significado”. La descripción de símbolos, desde el del escudo de Superman hasta el del Rotary International, produce algunas risitas en la audiencia que volverán un par de veces más. Hasta que la muerte de un amigo del narrador pega el volantazo hacia la congoja, los recuerdos y las reflexiones, y yo --por lo maltrecho-- me sumerjo de lleno en el pulso de esa voz que cuenta desde el sillón rojo, al micrófono, mientras unas treinta personas la escuchan.


Parece poco, pero piénsenlo mejor: en tiempos de LCD y vértigo, treinta personas de edades variadas fuimos a Fedro sólo a escuchar. Oigo, por ejemplo, que “todas las vidas soportan con variaciones alguna tragedia”; me pierdo en la reflexión y regreso con “carnaval carioca” y el punto final.


Otro recreíto de voces, “la concha de la lora”, ay, ric-ric. Otro entretiempo en el que sigo jugando el partido que juegan los lesionados en el banco, entre la cancha y las tribunas.



Hace más de una hora y media que arrancó todo esto cuando Scott vuelve al micrófono y da las indicaciones para el sorteo. Pide que en un papelito los asistentes escriban el nombre de un escritor que quieran escuchar en la próxima reunión. Pide que no soliciten a Pizarnik ni a Fogwill, como ya sucedió.


“Mi vida me da miedo”, me punza, en seguida, García Lao desde la primera línea del primer capítulo de la novela La piel dura. “Cuando me miré en el espejo no me reconocí. Me di cuenta de que llorar no es conveniente: se hinchan los ojos como delirios duros”. Bueno, al menos los míos son de esos que borran rápido los rastros. García Lao también promociona y lee su otra novela de este año, Vagabundas.


Ni bien arranca con ésta, sucede el derrumbe.



Por lo general, los periodistas se van temprano de todos lados. Si sos periodista y no te vas temprano, ya sabés: administración de empresas. No obstante, y tras algunos días de constipación emocional, estoy valiosamente entretenido y distraído como para largarme sin más. García Lao pronuncia las eses con un ligero desliz que no es el de las zetas pero que lo roza. No sé por qué, eso me gusta. Entonces, en ese hiato entre el ir y el permanecer, en ese chasco apasionado entre el regocijo y la bronca, la silla de madera en la que estoy se desmorona. Así nomás, como leen. La silla se deshace de golpe. Una chica a mi lado, que leía libros de la historia de los partidos de izquierda, se sorprende: “¡La silla se deshizo sola! ¡Yo lo vi!” Las rústicas maderas se desprendieron sin que me moviera ni un poco, casi de milagro, uno de los oscuros.


Caigo sentado, rodeado por pedacitos de pino como para un asado. El gato se me acerca ronroneando. Yo, rojo de vergüenza, mudo de asombro. García Lao interrumpe su lectura y pregunta: “¿Hay heridos?”. Yo emerjo, rojo y mudo, sosteniéndome de la mesa que cojea. Scott levanta su dedo gordo del puño cerrado con signo de interrogación y yo asiento porque estoy bien. Pero no estoy bien.



Ponsowy leería luego el primer capítulo de su novela Abundancia, pero yo ya no podría seguirle el recorrido. No porque me hubiese quedado un clavo en una nalga: la ruptura de la silla me había dejado impactado. La chica de al lado no paraba de mirarme como si viera a Jesús resucitando leprosos. Lo cierto es que no paré de pensar en lo ocurrido. Durante días y hasta ahora que escribo metido en la cama. ¿Habrá tenido algo que ver con mi malestar? ¿Habrá sido el inflamable combustible explotando el que produjo el desarme de la silla?



Aún a veces recuerdo el tiempo en que quería ser como la Matilda de Roald Dahl: devoraba historias para mover cosas con la mente. Podría decirse que ahora leo en busca de otro tipo de poder, acaso más parecido al que buscan los miembros del Grupo Alejandría; pero cuando volví a sentarme a la mesa, en los veinte minutos que transcurrieron hasta el final, se me cruzó por la cabeza que habían sido los libros de Fedro, las pilas y pilas de ejemplares, y no la casualidad ni mi malestar ni el gato ni el vino, los culpables del destrozo y de mi caída.



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