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Crónica alejandrina por Brian Majlin

Alejandría. Noche de letras.

“Un día muy particular”
Los ojitos de Sofía Loren me seducen y sentencian premonitoriamente la noche. El afiche, en el que también se lo ve a un joven Marcelo Mastroiani, decora una de las paredes de Todo Mundo. La noche anuncia el final en puntos suspensivos de Alejandría, este grupo de literatos y amantes de colectivizar la literatura. El próximo encuentro será en Fedro, una librería que, entre otras cosas, dotará el premio literario de Cuento Breve del grupo. Es a pocas cuadras, pero el bar se llena de despedida.
Las luces encendidas, la cerveza en la mano, el abrazo receptor. Apoyo mi morral en la mesa de los organizadores y me dejo llevar a un pequeño mundo paralelo. Uno en el que las letras, la lectura, el papel y el libro, están ajenos al glamour de las grandes Ferias.
En otro rincón de la ciudad, a la misma hora, un autor famosísimo entrega libros garabateados de su autoría a fanáticos desconocidos. Acá, en este reducto alejado por la geografía y también por la filosofía, escritores menos conocidos entregan sus letras a lectores conocidos y habitués. Compañeros de una tertulia más de Alejandría, en un barcito de la Plaza Dorrego, San Telmo, Buenos Aires.

Primer acto o el comienzo
Apenas pasadas las 20.30 se suben al escenario los dos primeros escritores-lectores. Se acomodan en las sillas, chequean las marcas en sus textos, ajustan el micrófono, se aclaran la garganta, dudan un poco y luego sí, se lanzan a la aventura de contar. Todos tienen rituales parecidos. Los lectores-espectadores, en cambio, son similares pero diferentes. Están los que miran al escritor-lector, pero también los que dejan la vista perdida. Todos buscan lo mismo: meterse en la historia. Dejarse contar.
Hay, incluso, los que se pierden en su propia historia, absortos en sus propios pensares y desvaríos. Y están los que miran con tal frenetismo que en sus pupilas logran dibujarse los personajes de cada cuento leído-escuchado. Todos, lectores y escritores, comparten un código de vestimenta: la barba. Predomina por sobre las peladas y los jeans rotos.
Alejandría es un evento especial. Una treintena de lectores-espectadores se sumergen en un juego de comparaciones y credulidad. También hay muchos escritores entre el público. A ellos se los reconoce a la legua. Miran con recelo, aunque a veces muestran un dejo de aprobación. Todos, sin excepción, se frotan la barbilla y el rostro. Todos ensimismados. A veces, incluso, niegan con la cabeza sin darse cuenta. Es un acto reflejo de egocentrismo. De “yo puedo hacerlo mejor”. “O quizás no”, se lamentan luego en un gesto adusto y, algo risueños, han de pensar: “Qué hijo de puta, cómo se le ocurrió eso”.
Los lectores-escritores perciben los nervios de los que leen. A veces pasa que el que lee es en realidad un gran escritor, pero un lector no tan virtuoso. Los nervios, las manos que tiemblan, e incluso la boca que se empieza a poner pastosa a medida que las palabras se van de la historia para dejar de pertenecerle al mundo íntimo de su autoría. A veces los que leen se traban –pocas veces—y a veces suscitan admiración silenciosa. Pero siempre están las risas. Es ineludible, aún cuando sean todas palabras y sin importar lo culto que sea o se considere el público, hasta el más avezado de los lectores-espectadores se ríe ante el insulto. Una risa avergonzada, o apenas mueca, pero risa al fin. Ríen por la travesura ajena, por la osadía reconocida en el otro. Y aplauden.
Todos ríen y aplauden como chanchos.
Durante el segundo cuento me doy cuenta de que uno de los lectores-espectadores es igual al personaje que describe al mismo tiempo el lector-escritor. Tiene la cara alargada y la barbilla redondeada. Suele ocurrir que la realidad copie a la ficción.
Los espectadores parecen dispersarse cuando el lector-escritor no actúa su historia. La entonación, la vibra que se le imprima y las muecas, pueden ser incluso más importantes e intensas que la propia historia. Al menos en Alejandría, donde se cuenta a pulmón. A capela, digamos, y sin intermediarios de papel.
Hasta el personaje, con su cara alargada y la barbilla redonda, parece irse de su propia historia por un rato. Los gestos reprobatorios menos elocuentes son: frotarse la cabeza y aferrar los dedos entre los cabellos, como si estuvieran enjuagándose el shampoo.
Sobre el cierre caen los aplausos, que nunca faltan, y empieza el primero de dos bulliciosos intervalos. Alzo la cabeza para dar muerte a mi segundo vaso de cerveza y un cartel de “El Silencio de los Inocentes” me dicta la paradoja. Acá, entre lectores, escritores y espectadores que son escritores o lectores, no hay inocentes.

Segundo acto o el desarrollo
Los futuros escritores-lectores fuman o se frotan nerviosamente las manos. Leer lo propio es siempre un desafío entre la exposición y el propio goce.
Los nervios pueden cubrirse con un disfraz. De pronto, un superhéroe atrae risas y miradas cómplices. Sucoso, el superhéroe con conciencia social, hace su aparición en este ámbito fraterno de conocidos. Los que no se conocen, al menos se han leído, que lo más cercano a conocerse. Algunos, eso sí, son más tímidos y solo miran, oyen y respiran.
La performance de Magrino trae aparejadas las risas. El público se presta a la pasión del cuenta cuentos, que se nutre de su gracia para domar a la fierecilla de los nervios.
La noche se hace más distendida sobre el final, con la lectura de Romero. Repasa fragmentos de su última novela –aclara que no son los mismos pedazos que leyera en otra noche Alejandría—y deja en claro que su fuerte es la escritura. Tienen fuerza sus palabras, pero se pierden ante la estela agraciada de Sucoso, que aún sobrevuela el escenario.
Todos ríen y aplauden. Como chanchos.
El dibujante no. Sigue quieto, inmutable, con la mirada turbia de quien no está presente. Tiene en su obrar una precisión quirúrgica, ajena a las artes imprecisas del contar. Lo suyo es un arte exacto, si es que podemos establecer una separación entre artes exactos y artes sociales. Todos igualmente positivistas esta noche: Alejandría es una experiencia sensorial.

Tercer acto o el desenlace
Después del segundo intervalo, algo más corto y bullicioso por el devenir de la cerveza, María Rosa Lojo deleita con su experticia atildada. Como escritora consagrada, publicada y re publicada, lee con otra serenidad. Con temas más profundos que descompone de sus relatos de microficción. Habla de la muerte y de la vida. De dilemas existenciales. En fin, de literatura encerrada en el cuerpo ajeno del ensayo.
Y abarca la locura del hermano y los ojos, en pura llama, hacen un fueguito con reminiscencia fogonera en esta tertulia que acaba de acabar. María Rosa sabe llegar y deja una enseñanza. La literatura es para sorberla con emoción. Y si es entre contertulianos compadres, cerveza o vino en mano, aún mejor.
Y todos ríen y aplauden. Como chanchos.

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