Quisiera pensar en algo sublime. En el nacimiento del Hombre, en los sacrificions de Oriente, en el asta de la bandera de Etiopía. Quisiera electrizar mis ojos y sacudirles su inercia doméstica. Quisera levantar mis piernas, manchar el cielorraso, arrodillarme junto a un sapo ahogado, clasificar los tonos de un pétalo, registrar los bolsillos del rey de Suecia, distinguir al tacto los cuatro reinos animal, vegetal, mineral y humano, revivir los éxtasis de Juana de Arco exhalando albores para destruir el fuego, recoger las mieses de una chacra irlandesa, pasear a hurtadillas por la nieve muda de Siberia, regatear bambú en un kiosko chino, sonreír al simio en la negrodorada noche de un ukelele sorbiendo un coco de la isla de Hawai, elevar los párpados, subir a lo más alto, agitar los brazos como campanillas estremecidas y gritar a Todo: ¡Soy universal!
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A.P. junio de 1955

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