AQUELLOS LINDOS OJOS PARDOS

para Ana
*
Mónica entra al salón precediendo a su grupo, conoce de memoria la mesa que reservó para sus compañeras de trabajo. Cada septiembre, las empleadas de administración de la clínica de estética donde ella trabaja desde hace seis años, se guardan una noche para la salida.
Entre ellas juegan a no recordar cómo se fue instalando esa costumbre; lo que es, de alguna forma, una manera de justificar el ritual. Pero Mónica sí se acuerda, aunque por pudor prefiere simular.
Cómo olvidarse. Corría el 2003, año que Moni, como le gusta que le digan ya en confianza, entró a la clínica. Esa salida no la había organizado ella sino una compañera a la que hacía tiempo le habían perdido el rastro, después de un ajuste de personal.
Aquella vez, fueron a ver el show de strippers para festejar el divorcio de Aidé, que con cincuenta y siete años se animaba a volver a empezar, como les confesó entre risas nerviosas mientras se ponía de pie para subir al escenario.
De aquella primera noche, Mónica no recuerda muchas cosas, pero sí algo fundamental que se había instalado en ella de coreografía a coreografía, entre cortina musical y paso de baile. Ella sabía que no era una mujer fácil, y se reconocía a sí misma como romántica y quizá algo chapada a la antigua. Muchas veces había imaginado cómo sería eso, desde lo de las mariposas en la panza, hasta lo de la petite mort.
Y esa noche, seis años atrás, Mónica confirmó lo que siempre había sospechado: lo suyo iba a ser amor a primera vista. Porque algo sintió en el estómago que la hizo estremecerse, algo que no era producto de las dos margaritas de frutilla que se había apresurado a tomar. No. Aquello tenía que ser amor.
Esos ojos que se meneaban desde el escenario directo para ella, que se contoneaban, que gritaban su nombre enfurecidos, le terminaron por decir, después de bajar la vista y hacer dos veces el ejercicio de respiración abdominal y ventral, que la amaban.
Mónica sintió que necesitaba una tercera ronda de tragos, pero las bebidas de sus amigas todavía estaban impolutas. Entonces, con una fuerza de voluntad casi sobrehumana, ella empinó su copa y vació el resto de hielo dentro de la boca, sin dejar de pedirle a Dios que las chicas no notaran que había ruborizando.
Encima, por si no hubiera tenido suficiente, él la miraba con esa intensidad que tenían sus ojos pardos. Todo, mientras bailaba, porque aunque no lo estuviera viendo sabía que él bailaba para ella.
Pero eso había ocurrido hacía seis años, y esta noche pasó a ser el séptimo encuentro para ellos. Porque aunque nunca lo hubieran dicho, ya algo había entre los dos. Yo no necesito palabras, ya sé lo que me dicen sus ojos, se decía Moni para sí, cada una de las veces que volvía a su casa con la postal con la imagen de Juan Cruz, o JC, pronunciado en inglés, como lo llamaba el presentador. Había sido una noche de coraje, cuando Mónica antes de irse y casi al descuido, le logró preguntar a uno de los mozos, cómo se llamaba JC.
Y a ella la combinación de Juan y Cruz le pareció que concentraba la más perfecta armonía. Esa noche, después de darle un beso suave a la imagen, decidió que ya era hora de inaugurar portarretratos.
Vas a ver qué lindos ojos tiene, le dice ahora Mónica a la compañera que esta noche está sentada al lado de ella en la mesa, frente al escenario. Pero Teresa que es más bien de otro estilo, le responde: ¿cómo le viste los ojos... con lo que tiene?
Y Mónica piensa algo ofendida que Juan Cruz no es sólo un cuerpo bonito, que tenga que trabajar ahí, exhibiéndose ante la mirada lasciva de una cantidad de mujeres que lo desean, que baile y las invite para que lo disfruten - nunca ella, claro, eso es un código secreto entre los dos-, es algo que Moni es capaz de asegurar que se debe sólo a una cuestión monetaria. Tiene que alimentar a sus hermanos y cuidar de su madre, le gustaría jurarse. Se le nota el buen color de aura.
Entonces Mónica prefiere hacer, lo que se dice, oídos sordos a la frase de Teresa: la adivina completamente fuera de lugar. Al fin de cuentas no están hablando de otro que de su enamorado. Porque aunque ella no tenga mucha experiencia en el asunto, no es que no haya tenido candidatos, sino que con ninguno pasó a mayores, Mónica sabe que eso es amor y lo va a seguir esperando. Ya será el día que se produzca el encuentro con su media naranja.

Y el día va a llegar, sólo unas semanas después de esa noche, cuando sienta que se muere al reconocer la espalda de JC. Porque eso fue lo primero que le vio, la espalda y la nuca, el pelo corto, casi rapado.
Es él, es él. Y ella respira otra vez: abdominal y ventral.
Esto no puede ser verdad, piensa en el mismo momento que Juan Cruz gira poniéndose de costado.
Y sí, es él, si hasta la señora que tiene adelante en la fila también lo observa.
Es imposible dejar de mirarlo, y otra vez a respirar.
Tantos años con sus noches: del escenario al portarretratos de la mesa de luz, y ahora casi por acto de magia y yo con este pelo. Dios te cumple los milagros, el problema es que una no sabe cuándo.
Él está ahí, como si nada, levantando el brazo para llamar al colectivo… El mismo colectivo. Y Mónica, cuando logra recuperarse, le sonríe a su ángel de la guardia interior que tantas lágrimas la tuvo que consolar.
¿Me reconocerá… toda despeinada?, piensa ella y vuelve a sentir un calor insoportable. Es que ya son las siente, entre la llovizna de la mañana, y todo el día de trabajo.
Y se dice: Hace frío, Mónica, se lo dice a sí misma para recatarse, el noticiero dijo ocho gradosY yo con este pelo. Entonces mejor levantarse el cuello del tapado y acomodar la chalina, para que no se note tanto.
Cuando el colectivo se detiene, JC se hace a un lado para dejarla pasar, primero a la otra mujer y después a ella, y Mónica se siente desfallecer por ese gesto galante.
Juan Cruz le sonríe a una mujer, a Mónica, que se ríe nerviosa y no logra apoyar el pie en el escalón.
¿Necesita ayuda, Señora?
Y ella piensa si me toca me muero, y con una fuerza renovada por los rayos del amor logra terminar de subir. No hace falta, gracias.
Ya está poniendo las monedas dentro de la máquina cuando escucha la voz de Juan Cruz preguntar ¿este me lleva para Retiro?, y el chofer que no le miente y le dice no, flaco, tomate el ramal 2.
El colectivero pone en marcha el motor y Mónica descubre que la vida se define en segundos. Se siente arrancar del suelo, quiere aferrarse a los árboles, sacar los brazos por la ventanilla, clavar sus uñas en la tierra, pero es como si la extirparan del país, le desgarraran el continente, la descuartizaran y en ese acto la desmembraran del planeta, de la galaxia. Siente las estrellas girar, oye la explosión del Big Bang de los astros del amor y sabe, por un instante sabe, que acaba de perder el universo cuando vio alejarse aquellos lindos ojos pardos.

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