MALCRIADAS


Ella terminó de pagar la cuenta, y cuando se puso de pie para salir, descubrió atravesando la puerta del bar, que se había enamorado. Un verso repiqueteó en su memoria y ella dejó escapar una frase como suspiro: cuando iba mi habitual adiós a darte, dijo y sonrió.
Ella vio, como la otra que también es ella, cruzó la avenida y girando el cuerpo se despidió en un saludo. Pero la ella de acá, la que no tenía que cruzar, siguió detenida en el mismo punto. Fue una vaga congoja de dejarte lo que me hizo saber que te quería, murmuró mientras la veía alejarse.
Entonces, en la simplicidad de un instante que después le llevará meses entender, decidió que no podía dejarla ir. Que aunque nunca se había imaginado jugando con la similitud de las sombras, no podía desentenderse de eso que le estaba pasando, aquello que se había hecho palpable en un roce inesperado.
Nos vemos, le había dicho la otra ella, que sentada en el cordón de la vereda dejaba pasar uno y otro, los colectivos que debían llevarla a su casa.
Pero ninguna de las dos quería irse más allá de ellas, y la de acá cruzó allá, y fue a sentarse junto a ella en el cordón de la verdad. Los dos ellas se confunden, como confunde descubrirse parado en un lugar al que no se sabe cómo se llegó.
Ellas se miraron, y ya no hubo acá ni allá, sino un sólo ahí que las juntó en una risa de clave inicial. Aunque ojalá la ella que alguna vez estuvo acá, se hubiera dejado llevar por esa simpleza de cada instante: pero darse cuenta primero, y hacerse cargo después, es aún más difícil que sostener el impulso.
Sin embargo, sí hubo un tiempo en donde el ahí compartido fue inaugural para las dos. Y no sólo para ella descubrir el cuerpo de otra ella en un abrazo que las desnuda a los pies de la cama. Sino también, el ahí de una película en el sillón, una tarde de domingo. O el ahí de la profundidad, que llega a fascinar. O el otro ahí, donde la mirada devela el deseo.
Inaugural fue también, el tiempo del desencuentro, donde el miedo y la culpa bajaron la persiana y no dejaron ver el brote de los árboles. Pero la ceguera no detiene el movimiento, y sólo hace que una y otra vuelvan a hacer del ahí, un acá y allá, donde el juntas se confunde aunque no se extingue.
Pero, cómo hacer para que aquello que fue, vuelva siendo distinto, piensa ella. Porque hay algo que ninguna quiere repetir: la negrura de la venda sobre los ojos.
Entonces, un llamado, un te espero en el bar de las malcriadas, nos vemos a las 5, y el punto de encuentro vuelve a girar. Hay una ella que vuelve a estar acá y otra ella que está allá. Una que vuelve a cruzar y otra que vuelve a girar la cabeza. Y las miradas se encuentran, e inevitable y afortunadamente ya no son las mismas.
Y un beso que se escapa y una mano que acompaña. Una que pone palabras y la otra escucha. En ese reencuentro que les llevará un tiempo, ellas se explican lo que fue y lo que es, y se dan cuenta que vuelven a estar de uno y otro lado de la calle. Que la venda quiso ocultar lo que había, pero que no pudo con todo, el sol sigue entrando a través de las rendijas de la persiana. Porque las dos saben que algo queda: conocen lo propio e intuyen lo ajeno. Y de alguna manera, siguen dudando si se puede cruzar.



ALMA VENTUROSA
Al promediar la tarde de aquel día,
cuando iba mi habitual adiós a darte,
fue una vaga congoja de dejarte
lo que me hizo saber que te quería.

Tu alma, sin comprenderlo, ya sabía...
Con tu rubor me iluminó al hablarte,
y al separarnos te pusiste aparte
del grupo, amedrentada todavía.

Fue silencio y temblor nuestra sorpresa;
mas ya la plenitud de la promesa
nos infundía un júbilo tan blando,
que nuestros labios suspiraron quedos...
Y tu alma estremecíase en tus dedos
como si se estuviera deshojando.

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