CIUDAD MUJER

Ella descansa la mano sobre la mesa o eso intenta que parezca, una mano casi olvidada sobre la mesa de un bar, una mano que pretende invitación.
Pero debajo hay un pie que rehúsa cualquier mano cualquier intento de caricia, un pie rítmico por temeroso.
Ella, otra mujer que espera en Buenos Aires ciudad mujer, ella que espera sola rodeada de gente: mujer que sigue el movimiento del bar, como aquella otra que espera que un timbre suene, esta espera que alguien roce su hombro, toque su mano o directamente se siente a su mesa.
Hay mujeres, de otras que escriben mujeres, que coleccionan pulseras por amantes, flores robadas de jardines ajenos. Ella colecciona el recuerdo de las miradas de aquellos que alguna vez la miraron: ojos negros o marrones, nunca verdes o azules, quizás sí miel pero no grises, nunca ojos que recuerden el mar. No sabe nadar y teme ahogarse.
¿Y los de ella?
Negros como si fueran toda pupila. Quizás sea eso, dice ella y la mujer de la mesa de al lado la mira al escucharla, pero ella sólo mira el fondo de sus ojos reflejados en el vidrio. Quizás sea eso, repite en silencio, nadie quiere sentir que puede perderse en lo oscuro.
Eso es lo que ella cree, la misma ella que busca miradas de tierra que la miran. Sin embargo, no es lo mismo que cree él, que lo único que quiere de los días con sus noches boca arriba es hundirse en unos ojos negros.
Entonces él decide acercarse, piensa que ya pasó el tiempo suficiente como para que esa mujer que se ha vuelto esta, no vaya a ocupar su mesa con otro. Porque él no solo vio sus ojos, sino que vio uno de sus pies, uno que al descuido se durmió descalzo sobre la silla que está frente a ella. Un pie blanco que siguiendo la curva del arco tiene tatuadas las líneas de un pentagrama donde se fusionan notas y letras.
Y él queda atrapado en las líneas negras de esa melodía, y no ve las uñas pintadas de un verde furioso, como se pierde también el aleteo incesante del pie que se apoya en el suelo. Quizás, se le escapa como todo lo invisible, porque él se ha perdido sin saber cuándo, en la oscuridad de aquellos ojos negros.
Y es, en el mismo momento en que ella despierta su pie dormido para bajarlo de la silla, cuando él sintiéndose invitado por ese gesto, decide acercarse. Y ella se sorprende de que esos ojos tremendamente verdes que le compiten a sus uñas, la miren como la miran. Porque ella tiene miedo de hundirse y flexiona los dedos de los pies para aferrase al suelo, para no ahogarse. Pero no lo logra y como si fuera un intento suicida abre grande los ojos sintiendo cómo se hunde en esos otros ojos.
Y empieza a tragar… Agua. Agua. Agua. Y más agua.
Pero ahora él que tampoco sabe lo que un mínimo gesto puede lograr, sonríe; y esa sonrisa la agarra a ella por la espalda y la empieza a arrastrar hacia la costa; y ella se deja llevar y después tose y escupe agua asustada. Quiere llorar, pero se da cuenta de algo: respira.
-¿Puedo sentarme?, dice él acomodando el cuerpo de la mujer sobre la arena.
Y ella tarda en responder, tiene el pelo mojado sobre la frente y está despeinada. Respira profundo, se despega la remera del cuerpo y se corre el flequillo de los ojos. Recién ahí, empuja suavemente la silla con el pie, que otra vez en la costa buscó su zapato.
-Sí, sentate, le responde.
Y él se sienta sabiendo que el agua se hace más oscura cuanto más profunda y, que de alguna manera, ella lo estaba esperando.

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