Ir al contenido principal

ESA VANIDAD ES EL CONTENIDO MÁS PROFUNDO DE LA VIDA HUMANA

Hay algo que duele, hiere y quema de tal manera que ni siquiera
la muerte puede extinguirlo: y es cuando una persona, o dos,
hieren ese amor propio sin el cual ya no podemos vivir
una vida digna. Simple vanidad, dirás. Sí, simple vanidad…
Sándor Márai
Cuando él sonrió forzado y apuró el paso con cara de ¿y a esta qué le pasa?, ella bajó la mirada y se dio cuenta de que él no la había reconocido.
Eso la hizo dudar a ella también: dudó de si el hombre con el que acababa de chocarse, así, de frente, en la esquina, era el mismo que siete años antes dormía abrazándola por la espalda, el que noche a noche la esperaba a la salida del teatro, esperaba que otros que no conocía la saludaran antes que él, el que le dejaba cartas adentro de los zapatos, el mismo que empecinado le regalaba sombreros.
Lo ve irse, y sí es él, su manera de andar, su paso rápido, la mano izquierda en el bolsillo, todavía en el bolsillo.
Cómo podía no reconocerla, ni siquiera estaba tan cambiada, con más o menos el mismo corte de pelo, además siete años a mi edad no se notan tanto, pensó. Quiso gritarle, apuró el paso y cruzó al trote la calle, otro hombre que cruzaba le dijo algo que ella no llegó a entender, pero que supo un piropo. Si hasta me siguen diciendo cosas, cómo puede ser que no me haya visto.
No pudo ver hacia dónde había ido, así que dejó de trotar, se sintió ridícula, intentando seguir a alguien sin saber a dónde había ido ese alguien.
Pero cómo puede ser.
Y volvió a cruzar para ir hacia su casa. Siete años no es tanto. Siete años, dijo sorprendida de escuchar su propia voz. Siguió caminando y al pasar delante de una vidriera se detuvo a mirarse. Si estoy casi igual. Y sin saber porqué algo la molestó, fue como si él al no reconocerla hubiese agredido su feminidad, su eterna belleza de juventud. Porque ella creía que ése era el punto: él no la había reconocido porque en siete años ella había envejecido.
Sin embargo, el él que esa tarde había sido sorprendido por una mujer que lo miró con una insistencia que llegó a incomodarlo, y que después de sacarse los anteojos puso la cabeza de costado y le sonrió equivocada, lejos está de llegar a reconocerla. Porque para poder vivir sin aquella vanidad, uno debe borrar todo lo que le recuerde haberla perdido, incluidos a aquellos que se la quitaron.

Comentarios

Seguidores

Páginas vistas en total